ANÁLISIS TERMINABLE E INTERMINABLE
ANÁLISIS TERMINABLE E INTERMINABLE
He vuelto a continuar mi psicoanálisis, como recomienda Freud.
“Análisis terminable e interminable”, un título que lleva a varias polémicas de traducciones y de entendimientos como, por ejemplo, en lugar de Análisis terminable e interminable, análisis con fin y análisis indefinido.
En una primera aproximación al texto, que insisto quisiera que ustedes leyeran, se puede ver lo que Freud se plantea en el momento de la escritura de este texto como las mayores resistencias o los mayores obstáculos a poder llevar un análisis a un fin natural. La secuencia que hace es una forma de leer que no es la que vamos a leer hoy. Les estoy mostrando, sencillamente, cómo para una lectura psicoanalítica del texto, podemos pensar que el primer obstáculo para Freud, para terminar un psicoanálisis, eran sus discípulos, en tanto según la lectura, no eran otros que sus discípulos los que andaban buscando un acortamiento en el tiempo del tratamiento psicoanalítico.
En la literalidad del texto, él pone tres obstáculos o tres condiciones que nosotros vamos a reducir a una sola. Las tres condiciones son: el trauma o factor desencadenante en otros textos de Freud, absolutamente contingente, puede aparecer en cualquier momento, en cualquier lugar, puede tener diferente intensidad; la fuerza de la pulsión, no creo que Freud en este texto de 1937 utilice la palabra instinto, palabra utilizada en sus textos en algunas oportunidades, no creo que ésta sea la oportunidad, así que, aquí, aunque esté traducido por instinto, nosotros vamos a leer fuerza de la pulsión; y el tercer factor de desequilibrio, dentro de los detalles que obstaculizan la tarea analítica, sería lo que él llama las alteraciones del Yo.
1937, está escrita la segunda tópica, está escrito “El Yo y el Ello”, está, para decirlo en términos modernos, el matema, en el sentido de que está fijado en “El yo y el Ello” la posibilidad de una ficción psíquica, un Yo encargado, y luchando en tres frentes a la vez, de mantener la coherencia del sistema psíquico. Esta ficción ya estaba escrita, es decir, estoy hablando del tercer punto, de las alteraciones del Yo.
Freud aquí se plantea una cuestión muy interesante, en el sentido de que se le presenta una paradoja: “Como es bien sabido, la situación analítica consiste en que nos aliamos con el Yo de la persona sometida al tratamiento con el fin de dominar partes de su Ello que se hallan incontroladas; es decir, de incluirlas en la síntesis de suYo… Si hemos de poder hacer un pacto con el Yo, éste ha de ser normal. Pero un Yo normal de esta clase es, como la normalidad en general, una ficción ideal”.
El contrato psicoanalítico –dice Freud– es de alguna manera un pacto entre el Yo del sujeto y el psicoanalista. Pacto que sólo es posible sostener cuando el Yo es la ficción del escrito de “El Yo y el Ello”. Pacto que sólo sería posible sostener si el Yo no es lo que es, sino ese Yo articulador, capaz de hacer coherente la lucha entre elSuperyó, el Yo, los instintos del Ello y la realidad social.
Si hubiera un Yo como el de la segunda tópica sería posible entonces que el psicoanalista pactara con el Yo del paciente y que el Yo del paciente no retirara, al muy poco tiempo de haber establecido el pacto, su colaboración; ¿por qué? dice Freud, porque no hay Yo normal, es decir, no hay posibilidad de que el Yo no sufra alteración.
Freud llega a decir: “en su relación con el Ello, el Yo queda paralizado por sus restricciones o cegado por sus errores, y el resultado de esto en la esfera de los acontecimientos psíquicos sólo puede ser comparado al hecho de pasear por un territorio que no se conoce y sin tener un buen par de piernas”.
Tanto esta disociación del Yo, planteada aquí en términos de aceptar el contrato psicoanalítico, como la fuerza de los instintos o pulsión, como la causa, el trauma, Freud intenta –en este artículo más que en ningún otro– mostrar cómo todo esto es contingente.
Aconseja reemplazar la fuerza innata o hereditaria de la pulsión por la intensidad de la pulsión en el instante del desencadenamiento del síntoma, es decir, la fuerza de los instintos o la fuerza de la pulsión pensada de una manera contingente: “Por muy verdad que sea que el factor constitucional es de importancia decisiva desde el comienzo, puede concebirse, sin embargo, que un refuerzo del instinto que aparezca tardíamente en la vida pueda producir los mismos efectos. Si fuera así, habríamos de modificar nuestra fórmula y decir la “intensidad de los instintos en el momento”, en lugar de la “fuerza constitucional de los instintos”.
Freud habla de los instintos, de la pulsión, y acaba diciendo que hay algo que se complica. Lo va a solucionar haciéndose acordar, ya en el 37, de los dos principios del suceder psíquico, es decir, el proceso primario y el proceso secundario, y además, nos va a decir, porque ya está escrito en “Más allá del principio del placer”, que estos dos instintos, contrapuestos o en apariencia combinados y contrapuestos, son la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Freud dice que esto no gustó ni a los propios psicoanalistas.
En ese desarrollo, donde él trata el trauma, la fuerza de la pulsión y los desequilibrios del Yo, en realidad concluye que todo eso se puede envolver en el obstáculo primordial: la existencia de una pulsión de vida y de una pulsión de muerte; y que el masoquismo inherente a casi todas las personas, más el sentimiento de culpa inconsciente, más la reacción terapéutica negativa son pruebas clínicas de la existencia de Tánatos.
Entonces, primer obstáculo: los discípulos –estamos en la primera visión, la primera lectura decíamos, veíamos todo esto para recordar–en tanto eran los que pretendían que se acortara el tiempo. Segundo obstáculo pulsión de vida-pulsión de muerte. El tercer obstáculo está puesto directamente sobre el deseo del psicoanalista. Podríamos decir, si ustedes quieren, en este caso, en este texto, el deseo de Freud.
Aquí, donde va a hablar del deseo del psicoanalista, –que no dice del deseo del psicoanalista, Freud habla del psicoanálisis del psicoanalista, pero el psicoanálisis del psicoanalista no es otra cosa sino para saber algo del deseo del psicoanalista– hace una especie de juego comparando el Psicoanálisis con la Medicina, como tantas veces hace. Freud dice que en la medicina hasta sería rentable para la capacidad del médico, que el médico padeciera las mismas enfermedades que cura. Por ejemplo, si el médico está enfermo de los pulmones, esto no le incapacita para pensar a cualquier otro paciente, a otro enfermo que esté enfermo de los pulmones: “nadie sostiene que un médico es incapaz de tratar las enfermedades internas si no están sanos sus propios órganos internos; por el contrario, puede argumentarse que existen ciertas ventajas en que un hombre que se halla amenazado por la tuberculosis se especialice en el tratamiento de personas que sufren esta enfermedad”. Cosa que no podemos traspasar al psicoanálisis “los propios defectos del analista interfieren en el correcto establecimiento por él del estado de cosas en su paciente y le impiden reaccionar de un modo eficaz.” Lo que se le pide al psicoanalista es que no padezca.
Después del deseo del psicoanalista, porque no quiero entrar en estas lecturas sino que quiero sugerírselas para que ustedes lo hagan, Freud cierra el trabajo diciendo: si consiguiéramos ese psicoanalista que hubiera desarrollado todas sus cadenas significantes, de tal manera que se le hayan hecho la cantidad de interpretaciones suficientes como para que restituya un Yo como aquel de “El Yo y el Ello” que pudiera coordinar los impulsos del Ello con los mandatos del Superyó, con los reclamos de la realidad; suponiendo que pudiéramos eso, hay un nuevo obstáculo definitivo, que Freud se anima a llamar la “roca” y que nosotros podríamos agregar, aunque por ahí si ustedes leen bien Freud también lo dice, la “roca de lo viviente”, la roca de lo viviente como humano, es decir, de ahí no se puede pasar, hasta ahí es normal. Y esta bendita roca, según el texto freudiano “Análisis terminable e interminable”, es nada más y nada menos que los dos “complejos” tan conocidos por ustedes, que se reúnen bajo el repudio de la feminidad: ella envidia el pene y él teme quedar frente a otro hombre desprovisto de pene, es decir en posición femenina. Estos complejos, en este texto, son un sólo complejo, que según hombre o mujer se resuelven de una manera diferente, el complejo es el repudio de la feminidad, es decir, la amenaza de castración se vive sobre el cuerpo del otro, la madre.
El texto comienza con una experiencia de Otto Rank en un intento de acortar el tiempo de análisis. Podríamos preguntarnos porqué Freud pone este ejemplo, y la única respuesta que tengo yo es: para concluir, que es absolutamente imposible, de esa manera. El ejemplo que da es muy gracioso, es como “si una brigada de bomberos, llamada para acudir a una casa en llamas a consecuencia de la caída de una lámpara de aceite, se conformase con retirar la lámpara de la habitación en que se inició el fuego”. Es decir, que psicoanalizar el trauma del nacimiento es como entrar en un incendio y en lugar de apagarlo, quitar del lugar la lámpara que produjo el fuego, esto es relativamente, ineficaz.
Para criticar la experiencia de Otto Rank, dice que la psicoterapia breve que propone este autor, es apropiada para el estado de prosperidad americana. Escribe este libro en torno a la crisis del treinta, como si él anticipara lo que iba a ocurrir con el psicoanálisis en los EE.UU., donde va a ser utilizado para reingresar más rápidamente al sujeto a la producción. La terapia del yo, el ego autónomo, todas esas fechorías son para ingresar al sujeto en términos que indica la producción capitalista. El psicoanálisis de un yo autónomo, para lo único que sirve es para trabajar, porque el yo autónomo no puede amar, no puede desear, no puede escribir.
El plantea otra manera de acortar el análisis que es comunicarle al paciente bruscamente una finalización impuesta desde el analista, como él hizo con el paciente que cuenta. Al comienzo de la temporada le dice que ese año es el último año de tratamiento. Primero el paciente no se lo creía, después cuando Freud le remarcó que era así, que iba a ser así, aparecieron asociaciones, aparecieron cadenas significantes que antes no habían aparecido. El paciente mejora de una manera positiva y se va. Con lo cual, dice Freud, conseguí un aceleramiento del tratamiento.
El paciente se va curado y a los 15 años, después de haber atravesado la guerra en perfecto estado de salud mental, él tiene episodios de su última neurosis, que son tratados en una terapia breve, en un psicoanálisis breve, de poca duración, por una discípula de Freud con buen resultado. Entonces Freud aquí se plantea que evidentemente el paciente ha podido desprender en él situaciones de la transferencia con Freud, que era el resto que había producido, según las lecturas que hace, esta segunda enfermedad: “Algunos de estos episodios se hallaban todavía relacionados con restos de la transferencia, y cuando ocurría esto, aunque eran cortos, mostraban un carácter claramente paranoide. Sin embargo, en otros episodios el material patógeno consistía en fragmentos de la historia de la infancia del paciente que no habían salido a la luz cuando yo le analizaba y que ahora se expulsaban –la comparación es inevitable– como los puntos de sutura después de una operación o pequeños fragmentos de un hueso necrosado. Me parece que la historia de la curación de este paciente es por lo menos tan interesante como la de su enfermedad.” Es decir, los fragmentos de la historia infantil ligados a la situación transferencial, que por eso no han podido salir a la luz durante el tratamiento.
La analogía no es superflua, así como una pulsión necesita de un trauma que la complete para expresarse, hay situaciones vitales–la adolescencia, la menopausia en la mujer–, no sabe muy bien en ese momento, si por disminuir la garantía que ofrece el Yo, o por aumentar la cuota instintiva, que puede instalar una neurosis que el mismo instinto, que la misma pulsión inconsciente no instalaba antes de ese momento. Freud aquí plantea un problema de cantidad fundamental. No solo lo relaciona con el elemento patógeno, sino que lo refiere también al elemento transferencial.
Puede, o no, psicoanalizar la transferencia, y esto último puede no hacerle daño al paciente, sino todo lo contrario, mejorarlo en el sentido de que si bien estoy formando parte de representaciones inconscientes del paciente, no soy una de sus representaciones inconscientes. Había una frase que decía un psicoanalista: “cualquier psicoanalista, por más joven que sea, siempre será mejor que la mamá de uno.” Y en parte tenía sus razones.
Porque ese psicoanalista joven que no interpreta la transferencia puede estar de cualquier manera ayudando y colaborando para el desarrollo psicoanalítico de su paciente. Pero como Freud explica, frente a cualquier circunstancia de la vida un poco más fuerte de lo común, como aquel instinto que surgía cuando el Yo padecía de algo, esa transferencia no psicoanalizada puede emerger como enfermedad. En tanto lo que yo leo del ejemplo que él nos da –un caso clínico que ustedes pueden leer y que vamos a trabajar en su momento–, es que la transferencia que él no pudo psicoanalizar, cuando el paciente vuelve a estar enfermo, lo que psicoanaliza con su discípula es la transferencia con él. Eso es lo que se expulsa como los hilos de una sutura, en el sentido de que es un cierre, si la interpreto. Y si no la interpreto el paciente puede vivir creyendo que el personaje maléfico que lo persigue es el psicoanalista.
Interpretada o no interpretada, la transferencia es un cierre, es una sutura, es una herida abierta que se cierra. Odiaba a mi padre, ahora odio a mi psicoanalista. No me lo pudieron interpretar, hice un cierre: ya no odio más a mi padre, ahora odio al psicoanalista, que me maltrató, que me echó de la consulta, que no me deja entrar, que no me dejó asociar, que me dejó asociar pero no sé lo que me dijo, que no me interpretó. Esta transferencia no interpretada, dice Freud, actúa igual que un instinto que estando quieto se exacerba cuando acontecen en la realidad situaciones que el sujeto no controla.
Freud termina este párrafo con la frase “un león salta solo una vez”, en el sentido de que, una vez anunciado el final, el psicoanálisis tiene que terminar. Aquí se plantea todo el problema de la técnica y el tiempo.
Desde este texto “Análisis terminable e interminable”, queda cuestionada toda la cuestión del tiempo, no sólo del tiempo de duración del tratamiento psicoanalítico, sino del tiempo de la sesión. Es tan importante saber cuándo termina una sesión, como saber cuándo termina un tratamiento.
Entonces, a mí se me ocurrió pensar en lo qué es terminar o no terminar una sesión. Los 50 minutos estipulados hasta hace 10 años, es una cosa bastante universal. Lo que ocurre, a mi entender, es que no hay una sesión en cincuenta minutos de tiempo. Normalmente hay hasta dos, hasta tres sesiones. Si uno piensa el psicoanálisis en secuencia, no sería tan interesante o importante que hubiese tres sesiones en el mismo día, pero si uno piensa el psicoanálisis como corte, como suspensión, no sería conveniente que hubiera dos o tres sesiones diarias, en tanto si uno se lo plantea en el nivel racional de conocimiento, solamente haría eso con un colítico ulceroso. Es decir, en un colítico ulceroso se sabe que hay una indicación psicoanalítica que le permite sobrevivir y que es que el psicoanalista lo vea cuatro o cinco veces diarias, entre cinco u ocho minutos, que es más o menos el tiempo que el sujeto soporta la comida en el estómago, en su aparato digestivo, y después la caga. Es decir, no caga nada, caga sus instintos. Insistiendo en esta indicación, la relación con el psicoanalista tiene que ser la misma relación que el sujeto tiene con la comida, y por tanto tiene que ser varias veces al día.
Estábamos en la importancia de determinar cuándo termina una sesión y cuando es interminable una sesión. Pienso esto porque lo que Freud piensa acerca del psicoanálisis en general, se puede pensar acerca de cada sesión.
Porque no es al empezar, sino después de 10 años de psicoanálisis que un sujeto consigue plantearle a su psicoanalista el verdadero encuadre psicoanalítico y le dice: “yo voy a venir tales días, voy a pagar cuando venga, y cuando quiera dejar de venir, dejo de venir”.
Ya que si se tratara no de curar, como él dice después en el punto III: “En los últimos años me he dedicado, sobre todo, a análisis didácticos; un número relativamente pequeño de casos graves siguieron conmigo para un tratamiento continuado, interrumpido, sin embargo, por intervalos más o menos largos. En ellos la meta terapéutica ya no era la misma. No se trataba de acortar el tratamiento, el propósito era agotar radicalmente las posibilidades de enfermedad y poner de manifiesto una alteración profunda de su personalidad”, es decir pacientes enfermos que más que curarse quieren llegar a saber todos los motivos que han producido su enfermedad y además análisis didácticos cuya intención no es curarse sino, precisamente, ver hasta dónde pueden llegar en el descubrimiento de los procesos inconscientes, la averiguación de sus propios actos.
Entonces quitando de la relación la cura, en realidad cada interpretación debería ser no sólo el fin de la sesión, sino también el fin del psicoanálisis. La próxima sesión en realidad no es la próxima sesión, como todos sabemos, porque la pulsación del inconsciente, lo que estaba abierto en un instante, está ocluido en este otro instante y lo que se abre no es lo mismo que lo que estaba abierto, sino que es otra cosa. Por lo tanto, en la próxima sesión el paciente, el psicoanalizado vendrá a intentar la reapertura de los circuitos, la reapertura del inconsciente.
Seguimos en esta vertiente donde no nos interesa la cura y donde lo único importante es proponernos psicoanalizar todos los obstáculos, todos los mecanismos de defensa del Yo, todos los mecanismos inconscientes, ese es nuestro interés.
El producto de ese psicoanalista no puede ser sino un psicoanalista, alguien que está en condiciones de psicoanalizar a alguien. Alguien que está en condiciones de psicoanalizar a alguien, y si usted me lo pone en la tierra –esto de la tierra es muy interesante– Freud dice: todo esto que digo, el instinto, el Yo, etc., es verdad en la teoría, lo razono teóricamente y es correcto, no es tan verdadero en la práctica. Bueno no es tan verdadero en la práctica porque no hay psicoanalista. Ahí está el psicoanalista, ahí está el deseo del psicoanalista. El savoir faire, el saber hacer –Freud lo dice también en francés– el saber hacer del psicoanalista. Tiene algo de raro esa palabra, que es entre el saber hacer un trabajo y el saber-saber. Hay un lugar donde si usted es agraciado, con buena ventura, que depende del azar y entonces no es malherido ni en su Yo, ni tiene grandes instintos, entonces Freud dice que eso facilita la tarea analítica, pero depende del saber hacer del psicoanalista.
El saber hacer de un psicoanalista es su deseo, es decir, su deseo, encauzado todo el deseo, el de todas las porquerías, encauzado en demostrar que siendo psicoanalista hubo psicoanalista.
El problema planteado así, como le pasa a Lacan, no sé si a los lacanianos les pasa, es que no hay psicoanálisis que no sea del psicoanalista; ya que la constatación de que hay psicoanalista no constata que lo hay, sino simplemente por après-coup que lo hubo. Es decir, ¿cómo es posible saber que un psicoanálisis llegó a su fin natural?, es decir ¿cómo es posible saber que el que ordenó la experiencia fue un psicoanalista?: si el producto del psicoanálisis es un psicoanalista, que no constatará su ser psicoanalista hasta que produzca otro psicoanalista, que su ser psicoanalista sólo está constatado que hubo para su producción la necesidad de haber un psicoanalista.
Hay un escrito de unos franceses que llaman impasse en Freud,“Análisis terminable e interminable”. Impasse en Freud, passe en Lacan. Es muy interesante porque impasse se puede traducir directamente al castellano por “impas” modismo que se usa y que quiere decir del lado del paréntesis, mientras que si hacemos la traducciones “callejón sin salida”. La traducción metafórica sería, según estos discípulos de Lacan, callejón sin salida en Freud, pase en Lacan.
Es decir, que no hay solución, vamos a tomarlo tal cual lo plantean ellos. Freud plantea un callejón sin salida, ¿por qué? porque es “ya te va a llegar la hora”. Para Freud es: ¿no tienes fuerza instintual?, no importa algún día te vendrá un gran trauma; ¿no te viene un gran trauma?, no importa algún día tendrás una alteración del Yo, porque los mecanismos defensivos siempre alteran el Yo; así que tarde o temprano te tocará. ¿Ven que es un callejón sin salida? Porque si tarde o temprano te tocará, te tocará después de los 15 años de análisis, de los 20 años de análisis, después de los 40 años de análisis, un callejón sin salida es lo que plantea Freud. Visto así, ustedes saben que cada vez se puede ver de distintas maneras, siempre dentro de ciertos patrones que marcan los pocos conceptos de los cuales disponemos. En cambio Lacan, según estos autores y es verdad, lo soluciona con el pase. Pero el pase es para los psicoanalistas.
Que pensándolo bien nosotros podemos pensarlo como ellos si nos animáramos a sus textos, en el sentido de que el psicoanálisis sólo es si hay psicoanalista. Psicoanálisis didáctico llega a decir Lacan en un momento.
La cuestión del psicoanálisis terminable e interminable, entonces, para dar un paso sobre las últimas conversaciones sobre este tema, si viene un paciente que va a ser director técnico del Atlético de Madrid a psicoanalizarse, entonces el análisis es terminable, porque como secuencia no va a querer ser psicoanalista. ¿Por qué va a tener necesidad de remover, de reactualizar los significantes? Lo que pasa es que, desde hoy, eso no daría cuenta de que hubo un psicoanalista. Entonces, alejamos a los enfermos de nosotros porque los curamos, pero eso no es psicoanálisis, porque para que haya sido psicoanálisis el sujeto tiene que quedar en condiciones de poder psicoanalizar. Análisis con fin e interminable.
Y nadie habla en contra de las posibilidades sociales del psicoanálisis, a ver si entendemos bien esto, pero eso ya no es psicoanálisis. Como si yo le quisiera convencer a usted de que la operación abstracta de la suma es lo que usted y el almacenero hacen cuando usted va comprar ¿vio que ahí es más fácil entenderlo? No es lo mismo. Freud dice: en la teoría callejón sin salida y Lacan contesta: en el mercado, acto psicoanalítico, es decir, constitución del sujeto en psicoanalista, fin de análisis.
Ustedes están pensando en ustedes sentados en el sillón de su propio psicoanalista, por eso me miran con esa cara, pero no tienen que pensar así; ustedes tienen que pensar más libremente; por ejemplo, yo psicoanalizo a una señora que es una ama de casa -también está eso, como decía Pichon Rivière-, se psicoanaliza 3 o 4 veces por semana, porque se gana un dinerillo guiñándole el ojo al marido, y se psicoanaliza 10 años. A lo mejor también el fin del psicoanálisis de esa ama de casa sea que ella se ha transformado en una psicoanalista, aunque nunca ejerza como tal, sino simplemente que cada vez que hable con el otro, ella pueda sostener con su deseo el discurso del otro, porque ¿qué otra cosa es la demanda del ser humano? Es cierto que el ser humano cada vez que habla demanda, pero, ¿cuál es el destino de la demanda del ser humano?, ¿con qué se conforma? con ser escuchado. Por lo tanto si esa ama de casa, después de 10 años de análisis, sabe escuchar la demanda del otro, es psicoanalista. Es una militante del psicoanálisis sin necesidad de trabajar de psicoanalista. Militante en el sentido de que va a ser capaz de registrar, en su escucha, el deseo del Otro.
El psicoanálisis para un psicoanalista tiene que ser interminable. Freud dice terminable e interminable, como la sesión. No en todas las sesiones hay interpretación. Cuando hay interpretación, cuando además de señalar el psicoanalista puede interpretar, está claro que ahí podría concluir el psicoanálisis.
Si yo me vuelvo a someter en la próxima sesión al mismo experimento, seguramente habrá conmoción de estructuras, aparecerán otras frases, con el tiempo, otra interpretación.
Entonces, Freud dice que para aquel que practica el psicoanálisis no solo tiene que analizarse durante todo el tiempo, sino que tiene que terminar su psicoanálisis y no terminar su psicoanálisis. Concluir su psicoanálisis, pero eso no es una conclusión dice Freud, periodos que él les llama terminar para volver a empezar. Entonces el psicoanálisis es terminable e interminable.
Podíamos decir lo mismo de las sesiones. Por lo tanto las sesiones no tienen que durar cincuenta minutos, a mi entender, ni cinco, ni diez, ni quince. Las sesiones tendrían que finalizar de dos modos: uno de ellos es cuando el psicoanalista puede interpretar, y otro es cuando el paciente prepara en la asociación libre el campo para una interpretación, pero de continuar la sesión de ese día él hablaría de otra cosa. Entonces para que no se diluya el trabajo que acaba de hacer el paciente para llegar a ese lugar que llegó de la asociación, hay que interrumpir la sesión.
Esto se ha manejado mal, además es difícil de hacer, en tanto como ustedes saben el psicoanálisis es un trabajo, y al paciente lo tranquiliza tener un contrato que fije el tiempo. Freud no quiere plantear ninguna cosa técnica. Lo dice claramente en la primera pregunta “¿Cuándo se puede dar por terminado un psicoanálisis?”. Hay dos formas de plantearse la cuestión, nos dice,“cuando psicoanalista y paciente dejan de verse”. Eso es una manera de finalizar, cumpliéndose dos requisitos, “que el paciente haya solucionado alguno de sus síntomas neuróticos, sus inhibiciones, su angustia y que el psicoanalista esté convencido de haber influido lo suficiente sobre el paciente para que no se vuelvan a repetir estas situaciones de síntomas e inhibiciones”.
¿Termina el análisis cuando el paciente ha cumplido con su objetivo de curarse, y cuando el psicoanalista ha cumplido con sus objetivos de haber construido la mayor cantidad de historias de deseos? Este no es el centro del problema, dice Freud. El centro del problema es preguntarse, una vez finalizado el tratamiento psicoanalítico, si la continuación del psicoanálisis no produciría más transformaciones en el sujeto.
Freud dice, una crítica que me han hecho, interesante porque uno tiene la tendencia de plegarse a ella es: ¿no es acaso que al fin y al cabo que a los pacientes psicoanalizados y a los no psicoanalizados les pasa lo mismo? Teóricamente no es así. El paciente psicoanalizado aprende, dice él a domesticar los instintos. No suprimir el instinto del deseo, sino a domesticarlo.
Entonces explica lo que es domesticación: el instinto es integrado a la armonía del Yo, resulta accesible a todas las influencias de los otros impulsos sobre el Yo, y ya no intenta seguir sus caminos independientes hacia la satisfacción.
Aquello que se logra con la negación, es decir, hacer ingresar al conocimiento del hombre pensamientos que no paguen el peaje de la represión y que estén alejados del principio del placer, es lo que Freud dice que sería dominar un instinto.
Un pensamiento que se pone en contacto con el mundo sin pagar el peaje de la represión, sin disfrazarse, sin desplazarse y sin condensarse. Es decir, un pensamiento que no se reprima y que, además, se exprese fuera de la dialéctica del principio del placer. Es decir, ya no más me gusta o no me gusta, sino es conveniente o no es conveniente.
Hay varias maneras de introducirse al tema del psicoanálisis como terminable e interminable. Una de ellas es mediante la filosofía que nos lega el mecanismo de la negación, diciendo que el ser solo entra en contacto con el mundo a condición de que el sujeto nada sepa de ello, a condición de que sea negado.
¿Qué dice Freud?: le interpreto al sujeto que ha negado, para permitir el contacto del ser y el mundo, el sujeto acepta que ha negado, pero no acepta lo reprimido.
Por lo tanto, si entramos a la cuestión del psicoanálisis terminable e interminable por la negación, el psicoanálisis es interminable.
Y lo es porque aún después de la interpretación, el mecanismo de la negación ha hecho consciente lo inconsciente a costa de ser negado. Pero hay algo de la represión que queda incólume, no se acepta lo reprimido.
Es decir, “no vaya a pensar, doctor, que la persona del sueño es mi madre”, le dice: usted me está diciendo que la persona del sueño es su madre y usted preferiría que esto no fuera así.” Después de aceptar intelectualmente que eso es una negación, no queda en la conciencia del paciente como conocimiento que esa mujer del sueño es la madre. Eso es lo que dice el mecanismo de la negación. Es decir, ahí donde aceptamos el mecanismo de la negación, el psicoanálisis es interminable.
Niego, me dicen que niego, comprendo pero niego. Comprendo que niego pero no acepto lo reprimido.
La ciencia puede rectificar la ideología, estudiarla, transformarla, pero no puede terminar con ella, porque es la propia vida del sujeto. En el único momento que el sujeto no tiene ideología, o que la ideología no tiene que ver, es cuando se somete a ser sujeto de la ciencia, aquel sujeto que defino desde las coordenadas teóricas del psicoanálisis.
Si usted está partido, escindido, y ese hueco es la muerte y de un lado está el saber y del otro lado está la verdad, o de un lado está el ser y de otro está el Yo o el sujeto, entonces usted es un sujeto del psicoanálisis tiene complejo de castración, envidia al pene, busca lo que no se encuentra porque lo que se tiene que encontrar no existió nunca. Es un saber que certifica un conocimiento del cual el sujeto no sabe. No es el saber hegeliano que no implica ningún conocimiento.
Este saber implica conocimiento, pero el sujeto poseedor del saber nada sabe de ello; es un nuevo campo ideológico. El psicoanálisis abre un nuevo campo ideológico donde existe un ser que posee un saber imposible, en tanto cada vez que quiere saber algo acerca de ese saber lo transforma en realidad objetiva. Ese saber, que es el inconsciente, es imposible de realidad porque cuando se transforma en realidad, se transforma en lo que es conocimiento.
El sujeto del psicoanálisis ni siquiera sabe que no sabe. Tiene esa ceguera. Por eso el psicoanálisis es una ciencia, porque viene a levantar esa ceguera que tiene el terráqueo sobre su propio sentimiento.
Habíamos dicho que la teoría copernicana era una ciencia porque venía a develar una ceguera que el terráqueo tenía con respecto al movimiento del universo. Es una ciencia aquel complejo teórico que viene a develar una cuestión acerca del terráqueo.
Entonces en la primera lectura, que retomo, no alcanza el deseo del psicoanalista, sino está el deseo del discípulo, del psicoanalizado; en tanto el primer obstáculo que pone son los problemas que le causan los psicoanalizados. Otto Rank porque quiere acortar y Ferenczi cuando le dice a Freud: “pero cuando usted me dio de alta yo no tenía todavía la transferencia negativa que tengo ahora ¿Por qué usted no provocó en mi la transferencia negativa?
“Un hombre –en el texto de Freud– que se había autoanalizado con gran éxito llegó a la conclusión de que sus relaciones con los hombres y las mujeres– con los hombres que eran sus competidores y con las mujeres a las que amaba– no se hallaban libres de alteraciones neuróticas, y como consecuencia se sometió al psicoanálisis por otra persona a quien consideraba como superior a él.
Esta iluminación crítica de sí mismo tuvo un pleno éxito. Se casó con la mujer a la que amaba y se convirtió en amigo y maestro de sus supuestos rivales. Muchos años pasaron de esta manera, durante los cuales sus relaciones con su psicoanalista permanecieron sin nubes. Pero entonces, por razones no apreciables exteriormente, se presentaron conflictos. El hombre que había sido psicoanalizado se hizo antagonista del analista y le reprochó que no había logrado hacerle un análisis completo. El analista, según él, debería haber sabido y haber tenido en cuenta el hecho de que una relación transferencial nunca puede ser puramente positiva; debería haber prestado atención a las posibilidades de una transferencia negativa”.
Es decir, suponemos que Ferenczi vuelve a tener ciertos trastornos, quince años después, con los hombres y las mujeres que le hacen pensar que hay algo no interpretado, y esto no interpretado es todo el odio que él, ahora, siente por su maestro, por su psicoanalista. Entonces Freud aquí contesta de una manera muy interesante, dice “no había rastros”.
Freud dice que habría tres maneras de provocar la situación. Una, le explico al paciente como hacemos con los niños con la sexualidad, le explico y le explico y después los niños siguen pensando que los niños nacen por el culo y nadie les convence de otra cosa. Es decir, la explicación no sirve, se gana en conocimiento pero no se gana en transformación de la pulsión o del deseo inconsciente.
Otra manera es en la realidad, imposible para el psicoanálisis. “Divórciese de su mujer que ahora ama pero que un día no amará”, entonces ahí la persona entra en transferencia negativa con el psicoanalista, porque dice: “usted es un hijo de puta, me quiere hacer separar de lo único bueno que tengo en mi vida”. Y si no es la mujer, es el trabajo y el psicoanalista le dice que deje el trabajo porque algún día… dice, en la realidad no puede.
Pero queda otra manera, queda la transferencia, entonces dice, “no sé si podemos afirmar que el primero de estos procedimientos atenuados –producción artificial de nuevos conflictos en la transferencia–se halla excluido del psicoanálisis. En esta dirección no se han hecho experimentos especiales”. Es decir, más allá de la transferencia, como él dice, le puedo hacer sentir celos o amor pero ya eso se siente, aunque no haga nada, por ese camino. Pero también es cierto que a veces un acto en la transferencia produce más, en el sentido psicoanalítico, que una interpretación o el silencio, eso es relativo. Pero de cualquier manera él le dice a Ferenczi que no, le dice que no hay manera de hacerle vivir el conflicto si el conflicto no está. El obstáculo es: sin deseo del psicoanalista no hay psicoanálisis, pero si el discípulo no desea –según este texto– no hay psicoanálisis.
Además si no hay elaboración teórica de que las pulsiones, el trauma y las alteraciones del Yo, que tienen que ver con la pulsión de muerte y la pulsión de vida, tampoco hay psicoanálisis. Si además no está psicoanalizado permanentemente el deseo del psicoanalista, al nivel de perforar o por lo menos llegar a la roca viviente, tampoco es psicoanálisis.
Y habrá psicoanalista aunque permanezca la roca, pero no habrá fin de análisis. Habrá psicoanalista y marcaremos el fin del análisis porque hay psicoanalista. Pero eso no quiere decir que hayamos reducido la roca viviente.

Miguel Oscar Menassa
Freud y Lacan -hablados- 5
Editorial Grupo Cero
