LAS SERVIDUMBRES DEL YO Y LAS DOS CLASES DE INSTINTOS (II)
En el neurótico obsesivo hay una inversión del amor en odio, no una sencilla cortina de humo, sino una verdadera sustitución de amor en odio, por lo que el neurótico obsesivo frente a las recriminaciones del Superyó, en tanto no hay identificación con el objeto al cual recrimina el Superyó, ese impulso de destrucción que carga su Superyó, el neurótico obsesivo lo descarga sobre el objeto.
Entonces la vida del neurótico obsesivo se divide en dos: el autorreproche y, luego, cuando accede a conseguir una pareja, la tortura de la pareja.
Mientras que en el melancólico, autorreproche y castigo hasta la muerte.
Y ¿hasta dónde puede llegar el psicoanalista para sacar al paciente melancólico de esa situación, siempre terrible y peligrosa?
Entonces Freud nos dice: si el Yo no es capturado por la manía, muere, porque el Superyó tiene concentrado todo el instinto de muerte.
En el proceso de identificación de la melancolía, como en todo proceso de identificación, se desexualiza el objeto. Por lo tanto, el revestimiento erótico del objeto queda liberado de Eros, es decir, queda a merced de Tánatos.
Al neurótico obsesivo no le pasa esto porque no se identifica con el objeto. Deja al objeto revestido de libido, por lo tanto el instinto de muerte transformado en instinto de destrucción va a buscar a Eros, al objeto.
La ambivalencia no es patognomónica de la melancolía, la ambivalencia es patognomónica de la neurosis obsesiva.
Debemos recordar que en la melancolía, en cuanto uno pesquisaba el autorreproche éste no coincidía con las características del sujeto que se autorreprochaba, sino con las características del ser amado. Es decir, ya se había producido la identificación, ya el Superyó recriminaba no al Yo, aunque en apariencia lo recriminaba, sino al objeto al cual el Yo se había identificado para no perder.
Las características de las cuales se reúne el sujeto para reprocharse son del otro, no de él.
Freud llega a decir en este tipo de elaboraciones, que el Yo es coherente pero, también dice: “para conquistarse la opinión pública el Yo sacrifica sus principios y puede mostrarse oficioso, oportunista y falso, por eso que siempre es conveniente tratar al Yo psicoanalíticamente, es decir, en todos los casos como si fuera una apariencia.
La persona no es el Yo, todo eso que es la persona no es la persona para nosotros, para nosotros eso es el Yo. El Yo es el que trata de hacer coherentes los procesos internos con los procesos exteriores, pero nosotros sabemos que no puede. No puede porque es servil. Dice Freud, “el Yo no se comporta como un compañero del Superyó, sino como su siervo, en tanto la vida para el Yo es ser amado por el Superyó, si el Superyó no me ama, prefiero la muerte, dice el Yo.
El Yo es servil al Ello, en tanto el Ello le manda impulsos y el Yo miente, le miente a la realidad para cumplir con los deseos del Ello. Le miente a la realidad, sirve al Ello y también sirve a lo social, al Ello porque teme y a lo social porque teme, en un caso teme a la muerte, en el otro caso teme a la cárcel, al padre, a los educadores. Ese siervo de todo no puede ser la persona, ese es el Yo.
Situándonos en el punto de vista de la restricción de los instintos, o sea de la moralidad, podemos decir lo siguiente: el Ello es totalmente amoral, el Yo se esfuerza en ser moral, sin casi nunca conseguirlo y el Superyó puede llegar a ser hipermoral, y hacerse entonces tan cruel como el Ello.
Es singular que cuanto más limita el hombre su agresión hacia el exterior, más severo y agresivo se hace en su Ideal del yo, como por un desplazamiento y un retorno de la agresión hacia el Yo. La moral general y normal tiene ya un carácter severamente restrictivo y cruelmente prohibitivo, del cual proviene la concepción de un ser superior que castiga implacablemente.
Para iluminar mejor este camino podemos decir que el superyó ha nacido de una identificación con el modelo paterno. Cada una de tales identificaciones tiene el carácter de una desexualización e incluso de una sublimación. Según Freud, parece que tales transformaciones traen consigo siempre una disociación de los instintos.
El componente erótico queda despojado, una vez realizada la sublimación, de la energía necesaria para encadenar toda la destrucción agregada y ésta se libera en calidad de tendencia a la agresión y a la destrucción.
De esta disociación extraería el Superyó el deber imperativo, riguroso y cruel.
En la neurosis obsesiva, la disociación productora de la agresión no sería consecuencia de una función del Yo, sino de una regresión desarrollada en el Ello.
Pero este proceso se habría extendido del Ello al Superyó, que intensificaría entonces, su severidad contra el Yo inocente.
En todo este recorrido seguimos a Freud casi completamente, porque nadie como Freud puso estos acentos para el futuro devenir del psicoanálisis.
Vamos a ver al Yo con todas sus energías y debilidades.
El Yo se halla encargado de importantes funciones, por su relación con el sistema de la percepción, establece el orden temporal de los procesos psíquicos y los somete al examen de realidad.
Mediante la interpolación de los procesos mentales consigue un aplazamiento de las descargas motoras y domina los accesos a la motilidad.
Este dominio, nos dice Freud, es más formal que efectivo. Por lo que respecta a la acción se halla el Yo en la situación semejante a la de un monarca constitucional, sin cuya sanción no puede legislarse nada, pero que reflexionará mucho antes de oponer su veto a una propuesta del parlamento.
El Yo se enriquece con la experiencia del mundo exterior propiamente dicho y tiene en el Ello otra especie de mundo exterior, al que intenta dominar. Sustrae cargas de él y transforma sus cargas en formas propias. Con ayuda del Superyó, extrae de ella la experiencia histórica en él acumulada.
El Yo progresa desde la percepción de los instintos hasta su dominio y desde la obediencia hasta la coerción.
La fascinación es absolutamente esencial al fenómeno de constitución del Yo. En tanto está fascinado adquiere su unidad la diversidad incoherente, incoordinada, de la fragmentación primitiva. La reflexión, movimiento fundamental en la estructuración del Yo, también es fascinación, bloqueo.
El Yo, nos dice Lacan, en ninguna circunstancia puede ser otra cosa que una función imaginaria, aún cuando en cierto nivel, determine la estructuración del sujeto. El Yo es tan ambiguo como puede serlo el objeto mismo, del cual es en cierto modo, no solamente una etapa sino el correlato idéntico.
El cuerpo fragmentado encuentra su unidad en la imagen del otro, que es su propia imagen anticipada, situación dual donde se esboza una relación polar pero no simétrica. Esta asimetría nos indica que la teoría del Yo en psicoanálisis no coincide en forma alguna con la concepción culta del Yo.
El sujeto es nadie. Está descompuesto, fragmentado. Se bloquea, es aspirado por la imagen, a la vez engañosa y realizada del otro, o también, su propia imagen especular, ahí fuera de sí mismo, encuentra su unidad.
Es decir, no donde se cuenta a sí mismo el individuo en función subjetiva, sino en el inconsciente y éste es uno de los fenómenos más manifiestos que descubre la experiencia freudiana.
El Yo no se conduce imparcialmente con respecto a las dos clases de instintos.
Mediante su labor de identificación y sublimación, auxilia a los instintos de muerte del Ello en el sojuzgamiento de la libido, pero al obrar así se expone al peligro de ser tomado como objeto de tales instintos y sucumbir víctima de ellos.
Ahora bien, para prestar tal auxilio ha tenido que colmarse de libido, constituyéndose así en representante de Eros y aspira entonces a vivir y ser amado.
Pero como su labor de sublimación tiene como consecuencia una disociación de los instintos y una liberación del instinto de agresión del Yo, se expone en su combate contra la libido al peligro de ser maltratado e incluso a la muerte.
Cuando el Yo sufre la agresión del Superyó o sucumbe a ella, ofrece su destino grandes analogías con el de los protozoos que sucumben a los efectos de los productos de descomposición creados por ellos mismos.
La moral, continúa Freud, que actúa en el Superyó se nos muestra, en sentido económico, como uno de tales productos de una descomposición.
Lacan nos confirma al plantearse este tema: “No tenemos elección, a partir del momento en que el Yo ha sido elegido como instauración del ser, es hacia el no pienso, que debemos ir, en tanto que esta inauguración del Yo, pone un término a toda interrogación constitutiva del pensamiento sobre el no-ser, del cual, es planteado en Descartes mismo, que “no tiene atributos”.
En Freud hay una negación que ya no conduce sobre el ser sino, precisamente, sobre el Yo mismo. Junto a la alternativa del no-pienso, algo surge de lo cual la esencia es no-ser-Yo.
Este no-Yo, es el Ello, que no es ni la primera, ni la segunda persona, ni incluso la tercera, sino precisamente, todo lo que en el discurso no es Yo, es decir todo el resto de la estructura gramatical.
Es seguramente lo que se enuncia en “Pegan a un niño”, ese fantasma que se muestra como el montaje gramatical, que se ordena siguiendo diversas inversiones del destino de la pulsión, e indica que no hay otro modo de hacer funcionar al Yo, en tanto que ser en su relación al mundo, si no es el hacerlo pasar por esta estructura gramatical que es la esencia del Ello, en tanto que no es Yo.
Es por lo que el sujeto, en tanto Yo, es excluido del fantasma, en tanto no aparece como sujeto pegado, más que en la reconstrucción significante de la interpretación.
Así que el ser que él es como rechazo del ser, bascula en la articulación gramatical de la frase.
Al contrario, esto de lo que se trata en el inconsciente no revela esta ausencia de significación, en tanto que se caracteriza por la sorpresa que es seguramente un efecto de sentido. Y esa sorpresa que toda interpretación verdadera hace inmediatamente surgir tiene por fundamento la dimensión del no-soy, lo que aparece claramente en la risa que despierta el chiste.
El efecto de burla de famillonario por ejemplo, reside en la inexistencia de la posición del rico, hecho pura ficción, y en la inexistencia correlativa del sujeto reducido, en esa relación a ese rico, a una suerte de ser para quien no hay existencia en ninguna parte.
Pero en ese lugar donde no-soy, el Yo del no pienso, se aliena en un piensa-cosas, de las cuales el inconsciente que tiene por característica tratar las palabras como cosas, está constituido. Desde entonces se puede decir, que a la alternativa del no-soy, algo surge de lo cual la esencia es ser un “pienso” que no es Yo.
Este no-Yo, no se confunde con el no-Yo del Ello, pues el inconsciente no tiene nada que ver con lo que después de Platón ha sabido conservarse como siendo el nivel del entusiasmo.
Los campos plenos del no-pienso, correlativos del Ello, y del no-soy, correlativos del inconsciente, no sabrían de ningún modo recubrirse; sólo uno de los dos términos accede a lo real de la alienación, pues ellos se oponen como constituyendo relaciones diferentes del Yo en el pensamiento y en la existencia.
El no-pienso en tanto que correlato del Ello es llamado a conjugarse al no-soy en tanto que correlato del inconsciente, pero con la condición expresa de ocultarse y eclipsarse el uno al otro recubriéndose. Por ejemplo, en el lugar del no-soy, donde el Ello va a venir, el Yo va a ser positivizado en un soy Ello, lo que nos aproxima al imperativo, “donde Ello era, Yo ha de llegar a ser”, donde el Yo justamente no es llamado a desalojar el Ello, sino a alojarse en su lógica, o lo que es la verdad de la estructura, al confrontarse al objeto a.
Inversamente el inconsciente, en su esencia poética, de significación, puede venir al lugar del no pienso correlativo del Ello, para revelarnos lo que es herido por no sé qué caducidad en el pensamiento: la incapacidad de toda significación para recubrir lo que es del sexo.
La diferencia de los sexos no se soporta, en efecto, sino por la significación de algo que falta bajo el aspecto de falo.
Freud concluirá el capítulo de las servidumbres del Yo y el libro “El Yo y el Ello”, diciéndonos que debemos considerar la angustia ante la muerte y la angustia ante la conciencia moral como una elaboración de la angustia ante la castración. Y por último, decir que el Ello carece de medios para testimoniar al Yo amor u odio.
No puede expresar lo que quiere ni constituir una voluntad unitaria.
En él combaten el Eros y la pulsión de muerte y ya hemos visto cómo se defiende uno de éstos instintos contra los otros. Podemos así representarnos que el Ello se encuentra bajo el dominio de la pulsión de muerte, muda pero poderosa que quiere obtener la paz acallando conforme a las indicaciones del principio de placer, al Eros perturbador.
Pero para no dejar cerrada la cuestión Freud termina con esta hipótesis: Tememos estimar muy por debajo de la verdad la misión del Eros.
Miguel Oscar Menassa.
FREUD Y LACAN -hablados- 5
Editorial Grupo Cero. Madrid – Espana.

