La cosa de la carne
La cosa de la carne
1989-BUENOS AIRES
SEGUNDO CONGRESO DE POESÍA Y PSICOANÁLISIS
LA CARNE SE REPRIME, SE OCULTA, SE MALTRATA.
LA COSA BUSCA CAUSA, ERRAR, ABRIR CAMINOS
Lo esperaba, pero igual me ha sorprendido, haber sido reelegido para inaugurar un nuevo campo que por repetirse dará señales de su existencia.
En esta segunda vez, hasta yo, se dará cuenta, que la nave que navegamos recorre mares desconocidos, queda claro, en busca de nuevos Continentes.
Obligado por esa confianza puesta en mi escritura por los encargados de conducir el Grupo Cero Buenos Aires y descontada la confianza que, por el Grupo Cero Madrid, yo pongo en ella, a veces, me veo cabalgando caballos desesperados que no quieren llegar a ninguna parte.
Caballos que, de algún modo, han olvidado no sólo la caballeriza donde volver, sino, inclusive, han olvidado el palenque donde se rascaban.
La desesperación del caballo que monto reside, principalmente, en que nada del pasado queda, en él, cuando galopa.
Agradezco, entonces, el esfuerzo de esta repetición y sobre todo que el ritmo de su producción sea de dos años, porque eso me permite sin más invitarlos para febrero de 1991, a que todos juntos Podamos producir en MADRID, Capital Cultural de Europa, no sólo el tercer Congreso de Poesía y Psicoanálisis sino las acciones que correspondan para festejar nuestros primeros 10 años como Institución Escuela de Psicoanálisis, fundada en Madrid en 1981 y el vigésimo aniversario del PRIMER MANIFIESTO DEL GRUPO CERO o MANIFIESTO DE ADHESIÓN AL GRUPO PLATAFORMA, escrito en Buenos Aires en 1971.
Pido perdón por el pequeño sobresalto de cruzar el océano y volver y os digo que desde mi primera publicación, PEQUEÑA HISTORIA, en 1961, Ed. Aldabón, Buenos Aires, siempre he querido escribir en libertad y, debo decirlo, recién ahora, cerca de los 30 años de mi primera publicación, he de intentarlo verdaderamente.
Comencé muy joven, así que no se trata de un viejo que escribe sus memorias, sino los intentos de un adulto joven por alcanzar de lo imposible un rango.
A los 49 años recién cumplidos, tremendas fuerzas formadoras de espíritus ya han caído sobre mí. Familia, Iglesia, Escuela, Ejército, otra vez la Familia, Universidad, Salud Pública, casi me matan, pero no fue así, un día lo abandoné todo.
Fue terrible. Quise cambiar, quise ser mayor y no me dejaron, me hirieron de lentitud, sufrí tropiezos por doquier. Me hicieron vivir enamorado. Me hicieron conocer el dolor a fondo.
Me sometieron a las más grandes torturas cívicas. Tuve que pensar lo impensable, vivir en dictaduras y democracias de lo peor.
Sobreviviendo me fui haciendo poeta. Me tiraron la bomba atómica cuando cumplí cinco años y no puedo olvidarlo.

Después mataron y envenenaron a poblaciones enteras y no se detuvieron ante nada: obtuvieron alguna plusvalía matando niños antes de nacer.
Los ancianos se iban adueñando de las ciudades y los negocios que más prosperaban eran la homosexualidad y la venta al por mayor de profilácticos.
La química había alcanzado el cerebro de los poderosos y cualquier hijo de puta se podía suicidar bebiendo una gaseosa en mal estado.
El virus de la corrupción había alcanzado todo estado. Hasta Rusia y China conmovieron al mundo con sus propias contradicciones económicas ¡increíble!
El año 2000 encontraría a América Latina desunida, es decir, según el General Perón, dominada.
La droga, ese reino de la madre fálica, ya estaba metida en el culo del Senado norteamericano y que Dios me perdone, pero hasta la Iglesia sintió la caricia dulce del narcodólar.
Y yo, que quería inundar todo el universo con mis versos, me detuve a pensar, si un verso podría alguna cosa y me quedé pensando, así, sin saber qué hacer, más de una década.
Don Artemidoro levantó los brazos, como si fuera un luchador, un hombre fuerte y dio rugidos como mostrando que se sentía feroz, sin llegar a serio. Luego se miró en el espejo y se sintió viejo y un poco gordo y, sin embargo, consiguió sonreírle al espejo y antes de caer derrotado en la cama, dejó escapar el humo de su cigarro y pensó en Marlem.
-Antes de las flores, eras ese perfume que las recordaba.
Mi pequeña Marlem, triste y piojosa y, aquí, Don Artemidoro sonrió, dejando escapar una baba tibia que provenía, directamente, de su corazón, por la comisura de sus labios entreabiertos como para la caricia o como para el hambre y sonrió, francamente, mientras volvía a murmurar: Mi pequeña, triste y piojosa Marlem. Cuando nos vimos por primera vez te acercaste como para pedir limosna y a pesar de tus vestidos caros y elegantes y que te acompañaban algunos señores, yo algo te di.
Y Marlem aparecía radiante a su llamado y ahora parada frente a Don Artemidoro, tratando de mirarlo a los ojos, quieta como una momia egipcia, le dijo:
-Te amo, y soy la mejor. Y luego Marlem se diluía entre las espirales; del humo del tiempo y Don Artemidoro, esta vez, con la mayor tranquilidad, se la fumaba.
Don Artemidoro solía reconocerlo: Marlem había sido, era y habría de ser, su mujer prototipo, porque así como yo hago versos y hay quienes se dedican a fabricar aviones o barcos y de manera más común coches o jugadores de fútbol, Don Artemidoro, se había dedicado desde su más tierna juventud a fabricar mujeres y Marlem, de última, era, si no la mejor, como ella misma pensaba, la más cercana a los ideales primeros.
Don Artemidoro se sentó en la cama y comenzó sus ejercicios respiratorios de la mañana. Recuerdo haberlo sorprendido una mañana y preguntarle ingenuamente:
-¿Yoga? Y él cálido, entre respiración y respiración me contestó alegremente:
-No, ésto es libertad, me lo enseñó un comunista europeo.
Sus ejercicios, en realidad, eran vulgares, pero dramáticos, Don Artemioro, ponía el alma en eso de la mañana.
Cuando descansaba para mirarme, me decía con convicción:
-Si consigo expandir mis pulmones, el mundo se expande, los negocios se expanden. Junto con la apertura de mis alvéolos, las mujeres se abren y millones de criaturas, bien-consideran, a ese Dios de la expansión.
Estiraba los brazos para atrás pero sin hacer ningún esfuerzo, por lo menos aparente, luego, es cierto, con algún ritmo, tomaba el aire por la nariz y lo expulsaba por la boca, pero sin que ningún músculo se moviera de más hiciera algún esfuerzo.
Algo me parecía raro en esos ejercicios y se lo dije a mi manera:
-No me diga que esos ejercicios tan suaves le hacen algún bien.
Don Artemidoro detuvo el mundo al detener su respiración y sin tomar aire nuevamente, sino utilizando el que le quedaba en el pecho de los ejerciios me dijo, con sobriedad:
-Muchacho, …muchacho, tu piensas así, porque eres de carne.
La verdad me sorprendió, porque si bien yo le visitaba precisamente, por inteligencia, no esperaba de él una frase así y tenía mis motivos para pensar como pensaba. Yo era un poeta y estaba todo el día en la calle y no había mujer que no conociera, de una u otra manera, a Don Artemidoro.
Y según él, yo era el de carne. ¿Y él, de qué carajo era?
¿Con qué había hecho el amor?
Yo pensaba en voz baja pero él como si supiera lo que yo tendría que estar pensando, me dijo, esta vez, con algo de desprecio:
-La mujer, muchacho, no ama la carne.
Ahora tengo que batirme con la más ruda realidad, una realidad acartonada por los aconteceres, por los amores, por las cosas triviales de la vida, que fueron siendo roca pulida de desdén y descuido.
He sido grandioso, pero también he sido vulgar. Grandes placeres se redujeron en mi vida a comer, cagar, hacer el amor, pasear por los parques, dejarme tocar a fondo por el sol.
Patricia Kelio me acompañaba aquel verano donde nos quedamos un mes petrificados al sol y luego, en septiembre, para el día de mi cumpleaños, escribí un poema que terminaba diciendo:
Buscamos el sol, nuestro destino la palabra.
Patricia cogió una insolación y luego con el tiempo se dedicó con intensidad a la práctica de los deportes de invierno.
Viejos resquemores, astutos rencores, quieren aprisionarme en ese pasado. Recurro a las fantasías más alocadas, a las fantasías más juveniles para espantar el espejismo de la vejez y no consigo nada.
Muerdo con insistencia los grandiosos pasos de baile donde era inigualable y sonrío para que el viento tenga la presencia de ese silbido de dolor que cruza el horizonte de mi futuro.
Allá voy, mi muerte enamorada, pero tengo esta rabia, este decir rabioso de los condenados, pero no te amo y, ciertas mañanas, me siento absolutamente inmortal.
Pero esta mañana estaba deprimido. Las palabras de Don Artemidoro sonaban todas para mí.
¿A quién se le puede ocurrir amar la carne, que es algo que se pudre?
Su lógica era, para el momento de mi vida que estaba viviendo, demoledora. Frente a esa frase, nada de lo mío quedaba en pie.
Mi cuerpo era el centro de todas mis cuestiones, el motivo de todos mis amores, el fundamento de todos mis pensamientos.
Sin cuerpo, vendría a querer decir para mí: sin cuestiones, sin amores, sin pensamientos.
Recuerdo cuando, con Alexis, nos bañábamos en las aguas heladas de los lagos del sur y, después, sobre el hielo, hacíamos el amor con las mujeres y cazábamos serpientes y nos las comíamos a la brasa y dejábamos hundir nuestras piernas en la nieve para mostrarnos nuestra fortaleza.
Después, caminando, llegábamos a un pueblito y comíamos como bestias de la comida regional y antes de dormir bebíamos y nos echábamos un polvo.
A la mañana siguiente íbamos corriendo a comprar tres docenas de mediaslunas y desayunábamos que parecía que el mundo se venía abajo y luego salíamos a jugar carreras entre las pendientes con nuestros pequeños coches y sentíamos todo el tiempo, que el cuerpo era el centro de la creación.
Alexis una vez lo expresó con claridad magistral: -El cuerpo es Dios.
Claro que, luego, Alexis, tal vez, llevado por esa frase se casó con una guerrillera, mezclada en el contrabando de drogas y con una ideología perversa que la hacía trabajar para los guerrilleros y, al mismo tiempo, colaboraba con la mafia estadounidense, en el blanqueo de capital y contrabando de armas.
Yo, antes de separarnos le dije, tranquilamente, espero que no te hagas cortar los huevos por ella.
Unos años después cuando nos encontramos en una de las calles principales de Madrid, a él le faltaban las dos manos.
Primero nos abrazamos con dolor, luego yo lo separé bruscamente y le miré los dos muñones a la altura de la muñeca y él habló:
-A ella la reventaron delante mío. Le arrancaron las tetas con unas tenazas y luego separaron su cabeza de su cuerpo, mientras dos gorilas me tiraban de los pelos, me daban patadas en los huevos y me decían: -No cerrés los ojos, no seas maricón.
Yo desesperado, loco, les dije:
-No tengo nada que ver, soy escritor.
Alexis se quedó mudo un instante y luego agregó:
-Entonces, …sólo me cortaron las manos.
Caminamos un trecho abrazados. -Brutal-, llegué a murmurar y Alexis como si reflexionara me dijo:
-Al principio juré vengarme pero, después, me fui dando cuenta que tenía, aún, dos ojos, dos piernas, la pija entera… de las manos me fui olvidando.
Esa fue la última vez que lo ví. En Madrid, Alexis, se hizo periodista de un prestigioso diario madrileño y sintió que la relación conmigo lo comprometía.
Fue terrible.
No quedé ciego, pero el miedo me hizo tener los ojos cerrados más de una década.
Con los ojos cerrados viví como un triunfador, olvidando, tratando de ocultarme que era un derrotado.
Casi no vuelvo de ese delirio sísmico.
Pero aquí me tenéis, moderando el sosiego en cada frase, haciéndole sentir a cada frase el peso de mis años, la experiencia desgarradora del silencio.
Apaciguada la rabia (delirios infantiles donde todo era posible) detenido el recuerdo porque la vida sigue más adelante, inquieto por el destino de los terráqueos más que por los trámites de jubilación, ahora, es cuando vuelvo.
Vengo, tranquilamente, a dar un paso más.
Haber cumplido 49 años me ha liberado, ya no me importa el qué dirán de mí, porque lo diré yo.
Pido justicia para el condenado a la normalidad. Sé que mientras casi todos se drogan y otros se enferman como para siempre, yo me levanto a las mañanas, todas las mañanas y voy a trabajar.
Fina costra de dura piedra se arremolina sobre mi piel de lagarto extendido y, aunque ya no me importe, alguien dirá que permanecí indiferente a los grandes sucesos de mi vida.
Me defiendo diciendo que la vida aunque dure 200 años (como dicen los amigos del Grupo Cero) es una sola y es por eso que guardo el respeto que se merecen algunos muertos, porque fueron ellos los que me han dado el habla y, aún, prometo leer algunos libros, pero el resto, me parece, tiene que empezar a respetarme a mí.
Yo soy aquél que si consigo algo, esta vez, lo pondré todo al servicio de la poesía y no de la mujer, porque la mujer ya no necesita mis servicios. Fin de siglo lo pensará al ritmo de sus propios pensamientos.
Y no habrá veredicto porque no habrá juicio.
Las palabras serán pensadas de tal manera que no habrá delito, un tiempo para las particulares circunstancias de ser.
Toda ilusión es, también, breve duda, agotador trabajo y, por otra parte, el goce no queda asegurado.
Es como decir estamos en nuestros cabales cuando la propia vida ha declarado en nuestra contra.
-Voy para viejo, le dije una vez a Don Artemidoro, estoy roto y él me contestó con lentitud:
-¿ y cómo lo sabe? …
Que Don Artemidoro me tratara de usted, me estremecía, además su silencio después de la pregunta, hacía la pregunta mía.
¿Cómo era en realidad que yo sabía que estaba roto, aniquilado, viniéndome viejo, eh, cómo sabía?
Nos quedamos en silencio, un largo instante, él saboreó un cigarro y yo una copa de licor. Después yo saboreé un cigarro y él, tranquilamente, una copa de licor. Don Artemidoro, rompió el silencio para decir:
-Parece, …que, hoy, no nos ponemos de acuerdo.
-Fumar y beber son la misma cosa, le dije yo, anticipándome a su broma, el problema es la boca, no lo que uno se meta en ella…
Lo había tocado, no cabían dudas, dejó la copa de licor por la mitad y con un gesto de sus manos apartó de sí el paquete de tabaco, hizo como que se levantaba de la silla, pero sólo acomodó su figura y me dijo:
-Salvando las diferencias, usted, como poeta, piensa lo mismo que Marlem, mi pequeña, triste y piojosa, Marlem. Cuando ella me chupaba el cuerpo, no tenía ningún cuidado en averiguar qué era lo que chupaba, porque pensaba que el fuego estaba en su boca y yo, vio cómo son esas cosas, modalizó Don Artemidoro, al principio no me convencía de nada, pero ahora, aquí me tiene, toda mi juventud depende de ese cráter desesperado y voraz.
Dí una calada fuerte al cigarrillo y recordé aquella tarde de luz donde la alemana Camila Fuentes, Condesa de la uva, me dijo que me amaba y al otro día cuando yo volvía por sus amores, ella, con toda tranquilidad me dijo la boca es cruel. Cuando muerde, rompe. Cuando habla, hiere. Y cuando chupa, somete. Después, mirándome de una manera enternecedora, usted es un poeta, le conviene liberarse y yo lo amo. Adiós. Continua…..
Del libro: Poesia y Psicoanálisis (1971-1991) http://www.miguelmenassa.com/psicoanalisis/1995/poesiaypsicoanalisis/pg.29.htm
