Cuerpos Marcados: La Autolesión en la Adolescencia
Cuerpos Marcados: La Autolesión en la Adolescencia
La adolescencia no es solo una transición biológica, sino un momento decisivo en la constitución psíquica. Con la pubertad, el cuerpo cambia, se llena de nuevas sensaciones, de un goce que parece venir de ninguna parte y que desborda al sujeto. Ya no es el cuerpo infantil regulado por el deseo materno, sino un cuerpo pulsional que exige ser significado. Es aquí donde Freud sitúa la roca viva de la castración: el repudio de la feminidad, que afecta tanto a mujeres como a hombres.
La diferencia sexual no es solo anatómica, sino una construcción psíquica. No se trata solo de órganos visibles, sino de aquello que falta. Los adolescentes descubren que hay una parte de la sexualidad que no se ve: el aparato genital femenino, la función de los espermatozoides, lo que hace posible la reproducción. Pero más allá de lo biológico, lo que realmente angustia es que en la sexualidad hay un vacío estructural, una falta que nunca podrá ser colmada.
El cuerpo y sus límites: la pérdida de los objetos fundamentales
Freud nos enseñó que en la infancia el sujeto pierde ciertos elementos que, en su momento, formaron parte de su cuerpo y de su relación con el Otro. Lacan formaliza estos elementos como objetos a, pérdidas necesarias que estructuran al sujeto y que delimitan su relación con el goce.
Entre estos objetos fundamentales encontramos la voz, la mirada, el pecho materno y las heces, elementos que en la primera infancia fueron ofrecidos como parte del vínculo con el Otro. Pero hay una pérdida que estructura de manera decisiva la relación del sujeto con la diferencia sexual: la pérdida del falo de la madre, una atribución infantil de totipotencia que ahora es momento de derribar.
Para el niño, la madre es inicialmente un ser completo, sin falta. No se pregunta por su deseo ni por lo que le falta. Pero con el complejo de Edipo, aparece la posibilidad de castrar a la madre totipotente, la madre no lo tiene todo, su deseo apunta hacia otro lugar. El niño descubre que ella busca algo más allá de él, algo que no posee. Esta pérdida, que es simbólica y no real, introduce al sujeto en la lógica del deseo.
En la adolescencia, esta pérdida se reactualiza. El sujeto debe renunciar a su lugar infantil en el deseo del Otro y aceptar que su cuerpo ya no es el mismo, que está atravesado por la falta y por una sexualidad que no domina. Pero cuando esta operación simbólica falla, cuando la diferencia sexual no encuentra un marco simbólico, el adolescente puede buscar un límite en lo real: el corte en la piel. Si el cuerpo pulsional no tiene bordes, si el goce se desborda, la herida aparece como un intento de marcar un límite.
Casos clínicos: inscribir la diferencia en la piel
Elisa: el rechazo de lo femenino
Elisa tenía 15 años cuando empezó a cortarse en los muslos y el vientre. Con la pubertad, su cuerpo se había transformado, y la menstruación la aterrorizaba. Su madre intentaba tranquilizarla con palabras dulces, pero Elisa se enfurecía: “No quiero que me hables así, no quiero que me mires así”. En análisis, apareció el rechazo de su feminidad, la angustia ante la posición femenina que el deseo del Otro le imponía. Su respuesta fue cortar, marcar su propia ley, poner un límite allí donde las palabras de su madre insistían en sostenerla en la infancia.
Lucas: la lucha contra la pasividad
Lucas tenía 17 años y era un estudiante ejemplar. Su padre le exigía ser fuerte, no mostrarse “blando”. Cuando no podía sostener esa imagen de virilidad, se sentía humillado y se cortaba. En análisis, se desplegó su angustia frente a la mirada paterna. Su padre lo observaba con desprecio cada vez que se mostraba frágil. Sus cortes eran un intento de apropiarse de su imagen, de controlar su cuerpo en un mundo donde ser visto por el otro lo hacía sentirse castrado.
Mariana: cortar el lazo con la madre
A los 14 años, Mariana comenzó a sentirse asfixiada en su relación con su madre. Eran inseparables, pero ella necesitaba espacio. Sin saber cómo decirlo sin sentirse culpable, empezó a cortarse. En análisis, apareció la angustia de separarse de una madre que lo daba todo, que no dejaba lugar para la falta. Mariana no podía decir “no quiero más”, así que hizo un agujero en su piel, buscando con la herida la distancia que no podía poner con palabras.
Rodrigo: la sobrecarga de la adultez
Rodrigo tenía 15 años cuando comenzó a cortarse en los brazos y la planta de los pies. Desde que sus padres lo consideraban “grande”, le asignaron responsabilidades que no podía sostener: cuidar de su hermana, hacer las compras, encargarse de la casa. A la semana de comenzar el colegio, sufrió un robo y sus padres lo castigaron por “ser distraído”. En análisis, apareció el peso de la sobrecarga: el niño que alguna vez había podido ofrecer algo al Otro, ahora sentía que debía darlo todo. Cortarse fue su manera de deshacerse de esa carga imposible, de simbolizar una pérdida que nadie reconocía.
Significaciones de la autolesión según la posición psíquica
La autolesión no tiene un único sentido; su significado varía en función de la estructura psíquica del sujeto y sobre todo en función del discurso del paciente. Si bien el acto de cortarse puede parecer similar en distintos adolescentes, la lógica que lo sostiene es diferente. En la histeria el corte es un intento de convertir en sufrimiento corporal lo que no puede ser dicho con palabras. Es una forma de inscribir en el cuerpo el conflicto entre el deseo reprimido y el castigo por su satisfacción encubierta. En otros, responde a la lógica melancólica, donde la agresión no está dirigida solo al cuerpo propio, sino al objeto perdido con el que el sujeto se ha identificado. En la psicosis, en cambio, el corte aparece cuando el sujeto carece de un límite simbólico que regule su relación con el goce. Si la función paterna ha fallado, el cuerpo queda expuesto a una invasión de sensaciones sin regulación. La herida es un intento desesperado de crear un borde donde no lo hay. En la esquizofrenia la herida puede surgir como un intento de poner un límite cuando el cuerpo se percibe fragmentado o invadido por un goce sin regulación. Finalmente, en la neurosis de angustia, el corte aparece como una descarga de tensión insoportable, un mecanismo de alivio ante una excitación psíquica que no encuentra vía simbólica. Cada estructura ofrece un modo singular de relación con la falta, y el acto de cortarse se inscribe dentro de esa lógica, funcionando como una solución que, aunque momentánea, responde a un conflicto psíquico profundo.
¿Cómo intervenir?
No se trata de erradicar la autolesión como un síntoma molesto, sino de entender qué función cumple en cada caso. Freud nos enseña que lo reprimido siempre retorna de alguna forma. Si no se puede poner en palabras, volverá en el cuerpo.
El trabajo analítico consiste en abrir un espacio donde la falta pueda ser dicha, donde el sujeto pueda encontrar otra forma de tramitar la pérdida sin necesidad de marcarla en la piel. Separarse de la madre, aceptar la diferencia sexual, encontrar un lugar en el deseo sin necesidad de marcarlo con el dolor: este es el trabajo que un análisis puede permitir.
En este Día Mundial de Concienciación sobre la Autolesión, el desafío es mirar más allá del corte y preguntarnos qué nos dice este fenómeno sobre nuestra época y sobre nuestra propia responsabilidad como adultos. Porque cuando un adolescente se corta, la herida es suya, pero el problema es de todos.

Virginia Valdominos
Psicóloga y psicoanalista de la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero

