SOBRE LA SEPARACIÓN DE LAS TENDENCIAS DEL YO Y LAS SEXUALES

SOBRE LA SEPARACIÓN DE LAS TENDENCIAS DEL YO Y LAS SEXUALES

Quiero insistir aún sobre un segundo punto de la evolución del yo, tanto por determinadas perspectivas, muy vastas, que su conocimiento puede abrir ante nosotros, como porque las conclusiones que de este examen vamos a deducir justifican nuestra afirmación de que existe una definida separación entre las tendencias del yo y las sexuales, separación difícil de observar a primera vista. Para formular un juicio sobre estos dos desarrollos —el del yo y el de la libido— hemos de admitir una premisa que hasta ahora no hemos tenido suficientemente en cuenta. Ambos desarrollos no son, en el fondo, sino legado y repeticiones abreviadas de la trayectoria evolutiva que la Humanidad entera ha recorrido a partir de sus orígenes y a través de un largo espacio del tiempo. Este origen filogénico del desarrollo de la libido resulta, a nuestro juicio, fácilmente reconocible. Recordad que en determinados animales se halla el aparato genital íntimamente relacionado con la boca, es inseparable del aparato de excreción o aparece enlazado a los órganos de movimiento, circunstancias todas de las que hallaréis una interesante exposición en el libro de W. Bölsche. Vemos, por tanto, que la organización sexual de los animales puede limitarse a cualquier fijación perversa. En el hombre resulta más difícil de comprobar este punto de vista filogénico, pues sucede que aquellas particularidades que en el fondo son heredadas resultaban también adquiridas de nuevo en el curso del desarrollo individual, a causa probablemente de que las condiciones que impusieron anteriormente la adquisición de una particularidad dada persisten todavía y continúan ejerciendo su acción sobre todos los individuos sucesivos. Podríamos decir que estas condiciones que primitivamente fueron creadoras se han convertido en evocadoras. Es, además, incontestable que la marcha del desarrollo predeterminado pueda quedar perturbada y modificada en cada individuo por influencias exteriores recientes. Lo que sí conocemos, desde luego, es la fuerza que ha impuesto a la Humanidad este desarrollo, y cuya acción continúa ejerciéndose en la misma dirección. Esta fuerza es nuevamente la frustración, impuesta por la realidad o, para llamarla con su verdadero nombre, la necesidad, que es un carácter esencial de la vida. La Αναγκη (Ananke), severa educadora a la que el hombre debe mucho, es la que con su rigor ha motivado efectos nocivos en los neuróticos, pero es éste un peligro inherente a toda educación. Proclamando que la necesidad vital constituye el motor del desarrollo, no disminuimos en absoluto la importancia de las «tendencias evolutivas internas» cuando la existencia de éstas se deja comprobar.

Ahora bien: conviene observar que las tendencias sexuales y las de autoconservación no se conducen de igual manera con respecto a la necesidad real. Los instintos de conservación y todo lo que con ellos se relaciona son más fácilmente educables y aprenden tempranamente a plegarse a la necesidad y a conformar su desarrollo a las indicaciones de la realidad, cosa concebible, dado que no pueden procurarse de otro modo los objetos de que precisan y sin los que el individuo corre el peligro de perecer. Las tendencias sexuales, que no tienen al principio necesidad ninguna de objeto e incluso ignoran esta necesidad, son más difíciles de educar. Viviendo una existencia que podríamos calificar de parasitaria, asociada a la de otros órganos del soma, y siendo susceptibles de hallar una satisfacción autoerótica sin salir del cuerpo mismo del individuo, escapan a la influencia educadora de la necesidad real, y en la mayor parte de los hombres guardan, en determinadas circunstancias, durante toda la vida, este carácter arbitrario, caprichoso, refractario y enigmático.

Sigmund Freud, extracto de la LECCIÓN XXII. PUNTOS DE VISTA DEL DESARROLLO Y DE LA REGRESIÓN. ETIOLOGÍA. de las Lecciones introductorias al psicoanálisis (1915-1917)

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