El deseo de saber

[…] Se obra con acierto procurando conservar pura la imaginación de los niños; pero la ignorancia no es el mejor medio para conseguirlo. Por el contrario, creo que la ocultación hace que el niño llegue a sospechar mucho antes la verdad. La curiosidad nos lleva a preocuparnos de cosas que nos inspirarían escaso interés si se nos hubieran comunicado franca y sencillamente. Si fuera posible mantener al niño en una absoluta ignorancia, todavía admitiríamos el procedimiento; pero el infantil sujeto oye a otros o lee en los libros que caen en sus manos cosas que le inducen a meditar, y precisamente el disimulo que sus padres y educadores observan sobre ellas intensifica su ansia de saber. Este deseo, sólo parcial, y secretamente satisfecho, acalora y pervierte su fantasía, y el niño comienza ya a pecar en tiempos en los que sus padres creen que ignora aún lo que es pecado. […]

La verdad es que el recién nacido trae ya consigo al mundo su sexualidad.
Determinadas sensaciones sexuales acompañan su desarrollo a través del período de lactancia y de la época infantil, siendo muy pocos los niños que llegan a la pubertad sin haber pasado por actividades y sensaciones sexuales. Aquellos lectores a quienes pueda interesar una detallada exposición de estas afirmaciones, la hallarán en mis Tres ensayos para una teoría sexual. Verán allí que los órganos de la reproducción no son la única parte del cuerpo que puede generar sensaciones de placer sexual, y que la Naturaleza ha dispuesto las cosas de manera que aun en la más temprana infancia resultan inevitables ciertos estímulos de los genitales. […]


El niño es capaz de la mayor parte de las funciones psíquicas de la vida erótica (la ternura, los celos) mucho antes de alcanzar la pubertad, y la frecuente unión de estos estados psíquicos con sensaciones somáticas de excitación sexual revela al niño la íntima relación de ambos fenómenos. En resumen: el niño aparece perfectamente capacitado para la vida erótica —excepción hecha de la reproducción— mucho antes de la pubertad, y puede afirmarse que al ocultarle sistemáticamente lo sexual sólo se consigue privarle de la capacidad de dominar intelectualmente aquellas funciones para las cuales posee ya una preparación psíquica y una disposición somática. […]

No creo que exista razón alguna aceptable para negar a los niños la explicación demandada por su ansia de saber. Ahora bien: si el propósito del educador es impedir cuanto antes que el niño llegue a pensar por su cuenta, sacrificando su independencia intelectual al deseo de que sea lo que se llama «un niño juicioso», el mejor camino es, ciertamente, el engaño en el terreno sexual y la intimidación en el terreno religioso. […]

En general, cuando los niños se ven negadas aquellas explicaciones que demandan de los adultos, prosiguen atormentándose en secreto con tales problemas y construyen tentativas de solución, en las cuales la verdad sospechada aparece mezclada con grotescos errores, o se comunican unos a otros sigilosamente sus descubrimientos, en los cuales el sentimiento de culpabilidad del infantil investigador imprime a la vida sexual el sello de lo repugnante y prohibido. […]

Lo verdaderamente importante es que los niños no se formen la idea de que, entre todo aquello que no alcanzan aún a comprender, lo que más cuidadosamente se les oculta son los hechos de la vida sexual. Para conseguirlo así es necesario que lo sexual sea tratado, desde un principio, en la misma forma que cualquier otro orden de cosas dignas de ser sabidas. Ante todo, es labor de la escuela no eludir la mención de lo sexual, iniciando los grandes hechos de la reproducción en el estudio del mundo animal y haciendo constar, inmediatamente, que el hombre comparte todo lo esencial de su organización con los animales superiores. […]

En aquellos Estados que han abandonado la educación en manos de las Órdenes religiosas no cabe, naturalmente, suscitar la cuestión. El sacerdote no admitirá jamás la igualdad esencial del hombre y el animal, pues no puede renunciar al alma inmortal, que le es precisa para fundar en ella la moral. Queda así demostrado, una vez más, cuán necio es poner a un traje destrozado un remiendo de paño nuevo y cuán imposible llevar a cabo una reforma aislada sin transformar las bases del sistema.

Extractos de La ilustración sexual del niño. Carta abierta al doctor M. Fürst (1907) en Obras completas de Sigmund Freud  

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